LEAMOS CON CUIDADO

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El desenlace del tratamiento legislativo de la política de retenciones móviles no tiene antecedente en la democracia contemporánea argentina. Por tal razón, debe explicarse con sumo cuidado y a continuación debe tomarse cuidadosa enseñanza.
Ante todo: No es cierto que confrontaron solo dos miradas, la del gobierno y la del “campo”. En Diputados hubo al menos 15 diputados que votaron contra el proyecto oficial criticando su insuficiencia transformadora y la baja protección de los pequeños productores. Rechazaron “por izquierda”.
En Senadores, un ámbito tradicionalmente más conservador, la mayoría automática era y es una fantasía, porque se origina en un peligroso mecanismo de compensaciones a  ex gobernadores y caciques menores derrotados en su interna local, en que era probable que se evaporaran alineamientos ante la perspectiva de poder “armarse para volverse a meter” en futuras internas provinciales.   Aún así, hubo al menos dos votos negativos – una senadora por Chaco y un senador por Santa Fe – que también discreparon por izquierda.
Si tales reparos no hubieran aparecido y esas voluntades se hubieran sumado a las oficiales, la votación positiva hubiera sido clara. En términos de puja de fuerzas, en realidad perdió el gobierno, pero no ganó “el campo”.
Por supuesto, para cambiar el escenario, el texto en consideración debió haber sido otro. Esta es una de las grandes enseñanzas del cuatrimestre transitado. No se puede librar una pelea esencialmente ideológica a partir únicamente de un instrumento fiscal, un impuesto. Es pelear con espadas de madera, correr el serio riesgo de no cambiar nada.
Mirando desde la equidad, en el campo argentino las cosas están bastante mal. Hay ganadores permanentes. Las trasnacionales exportadoras; los monopolios de suministro de semillas, herbicidas y fertilizantes; los grandes inversores financieros que arriendan enormes superficies; los dueños de tierra – aún de superficies modestas – que han pasado a ser rentistas pasivos y sin riesgo agrícola.
Como contra cara, hay perdedores permanentes. Los que no se dedican a la soja o al maíz; los trabajadores rurales; los pequeños contratistas. Además de eso, la calidad de vida de todos los pequeños pueblos de todo el país, donde hay dinero sin trabajar y voluntad de trabajo rural digno, sin demanda.
Ni el aumento ni la reducción de una tasa de retenciones a la exportación mejoran este estado de cosas. El Estado puede contar con algo más o algo menos de recursos, pero podría demostrarse que la situación estructural,  en ambos casos, se congela o empeora.
Para mejorar la equidad, el Estado debe pasar a ser un eslabón activo de la cadena de valor agroindustrial. No puede ni debe ser solo el recaudador de impuestos. No es este el espacio para desarrollar a pleno opciones técnicas, pero imaginemos uno solo de los caminos. Un fuerte organismo público que compre cereales a un precio de referencia básico y que luego de proveer al mercado interno a ese mismo precio, venda los excedentes a la exportación o exporte directamente, entregando luego, a quienes le vendieron, una suma adicional, proporcional por la diferencia entre los dos precios ( local y de exportación).  Sería un concepto superador de las retenciones y podría aplicarse a cualquier actividad primaria.
¿Es confiable la estructura actual del Estado para este intento? Tal vez no. Tal vez se necesitara tiempo, dinero y compromiso en cantidades superlativas para llegar a esa situación. ¿No son acaso éstos los temas que hay que discutir? De otro modo, ¿a qué consensos se debe apuntar, según el emocionado pero insustancial reclamo del Vicepresidente de la Nación?
¿Cómo compatibilizar la búsqueda de una sociedad más justa con la mirada de aquellos que siguen creyendo que el mercado es el mejor ordenador social?
Es cierto que falló el método político. Debió procurarse consensos. Pero éstos son los consensos de mayorías transformadoras, que el Congreso de la Nación mostró que están allí, que se pueden alcanzar. No son los pequeños acuerdos con quienes están conformes con el pasado o sólo lo quieren maquillar.
Hay que recomenzar el camino. Con las nuevas necesidades de la hora.
Primero: Creer en el debate profundo e informado.
Segundo: Advertir que el diseño debe poner al Estado dentro de la cadena de valor, para confrontar con los monopolios y ayudar a los actuales perdedores. Muy distinto escenario del que circula por la cabeza y el corazón de muchos quienes fueron al Monumento de los Españoles. Pero seguramente compartido por millones y millones de compatriotas.  

Enrique M. Martínez

Además de las retenciones

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En un tema que tiene en vilo a los argentinos desde hace más de tres meses, la conducción del  INTI se ha involucrado, tratando de poner en perspectiva el conflicto entre los intereses generales y los intereses de los diversos actores que tienen que ver con la producción agropecuaria.
En nuestros documentos, por lo tanto, hemos señalado la tremenda incidencia distorsiva que tiene la presencia del capital financiero como arrendatario, así como los cuasi monopolios en la provisión de semillas o herbicidas o fertilizantes, o la enorme concentración en la exportación de granos.

Creemos haber destacado que hay un largo camino a recorrer, además de discutir los niveles de retenciones, para poder decir que la estructura de producción y comercialización de granos tiene facetas de mínima equidad e igualdad de oportunidades entre los actores actuales o futuros.

La cuestión, sin embargo, no se agota allí. Aunque se ordenara ese espacio, ¿estaremos conformes con vincularnos al mundo como proveedores de materias primas agropecuarias?
Desde el INTI, al menos, la respuesta es no. Rotundamente no.
Cambiarían algunas cosas si los productores agropecuarios auténticos pudieran tener adecuada rentabilidad en cualquier región y en cualquier rubro, pero no las suficientes. A esa condición debe agregarse una industria de transformación de las materias primas del campo, que tampoco se limite a incorporar el muy modesto valor agregado por la producción de aceite en bruto o por moler el trigo para hacer harina.

Un país lechero líder no se queda en la leche en polvo o en el queso standard. Hace quesos especiales, concentra las proteínas contenidas en el suero de queso, extrae de allí lactoferrite.
Un país con ganado vacuno, que sea líder, no exporta solo cueros semiterminados y cortes especiales. También produce ácidos grasos, globulinas y otros productos de la sangre, aminoácidos de los huesos, marroquinería de primera.

Un país avícola líder, no solo exporta pollos enteros o sus cortes. Produce biogás con todos los residuos de cama de pollos; aprovecha las vísceras y las plumas para hacer concentrados proteínicos con los cuales alimenta peces, que aumentan la oferta de carnes.

Y más y más. Y todo eso lo hace cerca de donde produce la soja, el maíz o el trigo. No lo hace mirando hacia el océano, con una actitud extractiva, que pone el centro técnico de la cadena de valor en la disponibilidad de tierra, mas allá – mucho mas allá – que la disponibilidad de inteligencia.  

De esa manera se construye tejido agroindustrial y tejido social. Se convierte a la desocupación y a la pobreza en hechos del pasado. Se rompe con la dependencia de los monopolios exportadores. Todo eso. Pero además, se construye un vínculo integral entre la tierra y la industria, en el cual incursiones como las del capital financiero sembrador de soja, con su actitud puramente especulativa, pierden sentido primero y relevancia después.
Hay algunos ejemplos aislados en el país de esta asociación virtuosa. Algunas industrias lecheras de Rafaela; Alguna industria de chacinados cerca de Rosario. Pero es bien poco y aún en esos casos hay todavía margen para aumentar la integración de la cadena.

Queremos ayudar a instalar esta mirada productiva, sin la cual difícilmente podamos tener una sociedad equilibrada. Para ello, más que discursos, creemos en la acción. Por eso estamos llamando a concurso de estudios de prefactibilidad de la industrialización local de granos, en los términos que se describen en la convocatoria que se incluye en esta edición (ver página 5).
Como allí se verá damos peso central a la industrialización integral en la zona de producción, a la valorización de los subproductos o los desechos, al medio ambiente y a la ocupación. No damos prioridad a los estudios de mercado. Metodológicamente, estamos convencidos que una industria eficiente que le agregue valor a los frutos de nuestra tierra es inexorablemente fuerte en el mercado. Por lo tanto, esto lo podremos ver después, con calma.
No puede ser apenas un sueño que nuestro futuro deje de depender de la cotización de los granos en Chicago; que a su vez depende de la especulación financiera de gente que nunca conoceremos y que nunca verá siquiera una planta de soja. No puede ser que nos conformemos con tan poco como alcanzar un nivel de retenciones que permita a 100.000 productores seguir construyendo departamentos con sus ganancias; que difícilmente alguien ocupará en su totalidad; mientras a miles de kilómetros de aquí crecen los pollos o los cerdos criados con nuestro maíz y nuestra harina de soja; se producen los equipos de biogás y el biogás que no tendremos; se obtienen los derivados proteínicos y farmacéuticos que nuestros técnicos saben obtener, pero nunca podrán fabricar, porque el señor Cargill los dejó sin la materia prima, o el señor Monsanto los tiene atados con sus patentes.

Donde estamos

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Hace más de dos meses que comenzó la protesta de productores agropecuarios. Vale la pena explorar las sensaciones y nuevas convicciones de un ciudadano medio, que haya tratado todo este tiempo de informarse, entender la naturaleza del conflicto y no solo prever su evolución, sino en alguna medida y a su alcance, tomar partido.
Hoy ese argentino promedio, muy probablemente tenga claro:
. Que cultivar soja o maíz o trigo en este país es un buen negocio.
. Que, sin embargo, hay diferencias importantes según la región donde se siembre y según el tamaño de la explotación, sobre todo si se toma en arriendo todo o parte de la superficie.

. Que hay un factor favorable, de carácter extraordinario, vinculado a precios internacionales con un crecimiento brusco, que aumentaron notablemente la rentabilidad potencial.

. Que la cadena de valor es compleja, ya que quien siembra debe comprar semilla, fertilizantes o herbicidas a empresas monopólicas y debe vender su cosecha a una cadena de exportación o de industrialización también muy concentrada.

. Que además de esas distorsiones respecto de un mercado ideal, están presentes grandes capitales financieros, actuando como arrendatarios, para aprovechar la bonanza de precios.
Estos capitales han desplazados a los arrendatarios tradicionales – propietarios con poca tierra o simplemente contratistas de siembra y cosecha – e incluso han convertido en rentistas a los desplazados, tomando en arriendo su tierra.

. Que el chacarero común es claramente el eslabón más débil de toda la cadena.

. Que el Estado, hasta ahora, no ha intervenido en esta cadena de valor, y por lo tanto no ha modificado el peso relativo de los eslabones concentrados. Simplemente, ha fijado un derecho de exportación para estos productos, obteniendo con ello recursos fiscales y buscando además impedir el traslado de los mayores precios internacionales al mercado interno de alimentos.
Sobre esta base de elementos, que no me parece sean negados por ninguno de los involucrados en el conflicto, salvo desde el tránsito por la irracionalidad circunstancial y para buscar “triunfos” discursivos o mediáticos, tal vez se pueda obtener alguna explicación solvente de las razones del conflicto y de su salida más útil para las mayorías.

El capitalismo, sobre todo el capitalismo globalizado, está lleno de ejemplos de cadenas de valor con eslabones fuertemente dominantes, que se apropian groseramente de la mayoría de la renta generada. La maquila mejicana; los sistemas textiles de toda el Asia; buena parte de la industria del Este de Europa, funcionan así. Llamativamente, en ningún caso la característica operativa predominante es el conflicto al interior de la cadena, donde los explotados – usualmente muy explotados – luchen contra los explotadores.

Las corporaciones dominantes son las que se ocupan de organizar el trabajo de modo que para los más perjudicados, esa tarea represente una mejora respecto de su condición anterior. Por supuesto, la mínima mejora posible. Suficiente como para que el nuevo status se vea como aceptable, a la vez que irremediable.

Estas relaciones que en términos psicológicos primarios podríamos calificar de perversas, aunque son corrientes en la economía, solo se modifican cuando el Estado u otras corporaciones en competencia por la misma mano de obra, se encargan de crear alternativas, que lleven a la mejora relativa de los explotados, con una variante frecuente: la mudanza de país para la corporación dominante.

El actual modo de producción agropecuario en la Argentina no difiere cualitativamente de la maquila mejicana. Solo tiene diferencias cuantitativas muy importantes, que lo hacen parecer distinto.

En efecto, este negocio global es de muy alta renta y de permanencia en el tiempo, porque se trata de alimentos y porque además de ser imprescindibles para los que ya consumen, cada año se agregan decenas de millones de personas al mercado.

Tanta renta disponible permite asignar una parte relevante de ella a un segmento que no controla la cadena, pero que cuenta con la fortaleza que le da el hecho que es imprescindible: los dueños de la tierra.

Los monopolios (de insumos, de comercialización interna e internacional) y el gran capital financiero sumado como inversor, dan una tajada a los dueños de la tierra y el resto (los pequeños propietarios o arrendatarios o contratistas) se adapta, recibiendo lo justo para que estén, pero no más que lo imprescindible. Esa adaptación implica, casi mecánicamente, también trasladar el problema a los aún más débiles: los trabajadores rurales, que penan sin salarios dignos y sin cobertura social en su gran mayoría.

Este no es un hecho nuevo en la Argentina. Todo el sistema de producción ganadera fue organizado hace más un siglo por los frigoríficos ingleses, que definieron qué se producía, cómo se transportaba, cuánto cobraban los amigos y cuanto los no amigos. Los ganaderos ponían Presidentes y Ministros, pero la política ganadera – además de otras - la ponía Inglaterra. Tanto, pero tanto duró esta subordinación, que tengo grabado a fuego en mi memoria el desesperado comentario televisivo del Subsecretario de Ganadería del gobierno de Galtieri en abril de 1982. Cuando Inglaterra declaró el bloqueo a Argentina por la invasión de Malvinas, le preguntaron al hombre qué haría Argentina con la exportación de carne. Casi entre lágrimas contestó que no tenía idea, que la crisis que se generaría sería gravísima. Dijo eso a pesar que en ese momento Inglaterra ya representaba solo el 30 por ciento de las compras de carne argentina y cinco años después ya se vendía carne a más de 20 países.

Un sistema así se regularía solo, a partir de las definiciones distributivas de los monopolios intervinientes, si no fuera por un actor externo: El Estado.

El Estado extrae renta en forma de impuestos y con ello, disminuye la renta de los actores del sistema, pero sobre todo de los más débiles, porque los más fuertes reajustan las relaciones internas para mantener su tasa de ganancia.

El punto que a mi juicio explica los últimos dos meses de conflicto es que si el Estado se limita a eso – a extraer la renta extraordinaria vía impuestos – hay toda una cultura de reacción, que incluye evasión impositiva en las ventas o en el pago de las obligaciones sociales de los trabajadores, en paralelo con la redistribución interna de las cargas a favor de los monopolios.
En un camino de imposición creciente, sin embargo, en parte provocada por la evasión previa, hay un momento en que se deteriora la renta de los más débiles hasta un grado tal que la cadena comienza a ser inviable. Esto puede ser cierto o simplemente puede haber una sensación colectiva que se ha llegado hasta allí.

El chacarero no cree que ni los exportadores, ni los proveedores de insumos, ni siquiera los fondos de siembra pagando arrendamientos en dólares por adelantado, sean modificables. Son quienes deciden y decidirán donde él se pone y cuanto gana. Eso se favorece – reitero – porque hay bastante para repartir. El ajeno, el prescindible, el que molesta y en última instancia llega hasta no dejarnos vivir – piensan los miembros del sistema - resulta ser el Estado.

En tanto y en cuanto no se advierta que esta descripción de brocha gruesa es muy cercana a la realidad se caerá en caracterizaciones confabulatorias, que jamás podrán explicar por qué salvo los peones de campo, que de tan explotados hace tiempo que buscan fugar del sistema, todos los vinculados directa o indirectamente a la producción agropecuaria terminan alineándose en la protesta.

La eventual utilización política de este alineamiento, con el fin de acorralar y quitar fuerza y voluntad de cambio a un gobierno con discurso popular es una consecuencia directa de la estructura productiva que se ha descrito, pero no es la causa del problema.

UNA REGLA DE ORO

Quisiera poner énfasis en que estamos evaluando un clásico de la política económica de un país: Como lidiar con sectores esenciales en que hay monopolios u oligopolios. En la globalización, agregaría dos cosas más:

. Que algunos de esos monopolios son de actuación mundial.

. Que los grandes capitales financieros, sin patria y sin interés sectorial específico, pueden sumarse al problema y en este caso lo hacen.
Sostengo una regla de oro:

ES IMPOSIBLE CONTROLAR LA ACCIÓN MONOPÓLICA EN UNA CADENA DE VALOR SI EL ESTADO – REPRESENTANDO EL INTERÉS GENERAL – NO SE INTRODUCE EN LA PROPIA CADENA, COMO UN ESLABÓN MÁS.

No basta con legislar al respecto. No basta con acordar aspectos parciales o totales.

Una nueva ley de arrendamientos, que desaliente a los grandes grupos financieros, sería un hecho positivo. Pero es insuficiente en una actividad donde hay muchos contratos que no se firman.

La compensación a los productores por tamaño y por distancia también es un hecho positivo, pero su ejecución será muy complicada porque la opción de trabajar en negro es más rentable.
Las retenciones son un instrumento necesario para captar la renta extraordinaria. Pero a la vez sirven de promotoras de la concentración en las etapas de industrialización de los productos primarios, ya que los grandes inversores hacen rápida utilización de la diferencia de derechos de exportación entre las materias primas y productos terminados.

Entre el grano de soja y el biodiesel hay 20 por ciento de de derechos de diferencia. Entre el maíz y el azúcar de maíz (fructosa) otros 20 puntos. Entre el la harina de soja y los pollos 35 puntos. Entre el maíz y los pollos 20 puntos. La lista podría seguir, pero está claro que al frenar el precio interno del grano, se genera a la vez un negocio fabuloso para el producto industrial. Como dato de confirmación, no es de extrañar que en este momento Cargill esté comenzando a participar de la producción de fructosa en la Argentina, donde no tenía ninguna planta, mientras en Brasil tiene cuatro.

Cada medida tomada solo como legislador/regulador o como agente fiscal es insuficiente. Porque el monopolio sigue allí y tiene la fuerza, la imaginación y la experiencia mundial para descubrir e implementar su reacción, antes y por encima del funcionario público.

Lo único que controla al monopolio es que deje de serlo. Por orden de importancia, en consecuencia, resulta inexorable que un gobierno popular cumpla los siguientes pasos:
. Compre y venda granos y todo otro producto del campo que sea necesario, fijando de ese modo precios de referencia.

. Exporte granos por sí o apoyando cooperativas de productores nacionales.

. Importe insumos básicos para la agricultura.

. Recupere su capacidad de producción de semillas.

. Apoye – con su poder de compra y no solo con legislación - la producción regional de leche y su industrialización; de carne vacuna o aviar y su industrialización.
Cuando y cómo lo hará depende de los complejos procesos de organización que se necesitan para todo eso. Pero deberíamos tener claro dos conceptos:

. Recorrer un camino como ese es inexorable si se quiere integrar de verdad la producción agropecuaria y todos los que dependen de ella a un colectivo nacional.

. Hasta entonces, el sistema buscará – y conseguirá – autorregularse eludiendo al Estado y continuando la expulsión, o el deterioro de la calidad de vida, de todos los actores más chicos.

Enrique M. Martínez
Presidente del INTI

La nueva inflación

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Las alzas de precios ponen nerviosos a todo el mundo. A quienes tenemos recursos limitados, porque imaginamos que mañana será peor y nos apresuramos a comprar o simplemente –duramente- perdemos capacidad de comprar día a día. A quienes tienen capacidad de formar precios, por su parte, la inflación les representa una oportunidad de aumentar sus ganancias, en tanto se adelanten al ritmo de crecimiento, con lo cual es probable que remarquen anticipadamente y sean un factor adicional de causa del problema.

De tantos escenarios de puja de poder en el mundo moderno el de los precios es tal vez el más siniestro, porque se mueven ejércitos sin rostro, buscando las mil maneras de ganar más o de perder menos, en una clara puja de suma cero, porque no se discute como generar más trabajo, mejor ambiente, más calidad de vida. El resultado es previsible: pierden los más débiles; los asalariados, los desocupados, los que no pueden definir sus precios de venta, ya que algún otro se los determina. Décadas de lectura atenta de los comportamientos en esta confrontación llevan a advertir sólo dos formas de intentar mantener la situación bajo control.

La primera es la que aplica el manual neoclásico y asigna la causa original de la inflación a un exceso de demanda. Si es así, hay que frenar esa demanda. Frenar el alza de los salarios, reducir los créditos, aumentar los impuestos, son los caminos que se supone disminuyen el dinero que está en condiciones de ir al consumo y restan presión sobre la oferta, hasta que ésta pueda expandirse lo suficiente. Mirado desde la justicia social, este análisis es al menos paradojal. Para que la inflación no perjudique mañana a los que menos tienen, los perjudicamos ahora.

La alternativa –la “progresista”– viene siendo desde hace más de 50 años establecer controles de precios. Es decir: si el manual económico no funciona, apliquemos la política a la economía y frenemos los precios por acuerdos –si alguien aceptara respetarlos - o por la fuerza. Esta variante fracasa una y otra vez y nos deja frente a la primera como único camino. Esto está pasando una vez más en la Argentina, al punto que aparecen del sótano los economistas neoclásicos avisando: “ya les dije…”.

Estamos en una trampa. Tan dura es esa trampa que pone en jaque aún a quienes no creen en la a esta altura burda explicación del exceso de demanda. En efecto, hay quienes le dan la importancia debida a la alta concentración de la economía y agregan esto al escenario. Grandes hipermercados, productores que controlan más del 50% de la oferta de un bien, son actores que se escapan totalmente a la figura del oferente clásico, que busca simplemente satisfacer la demanda y en ese encuentro llega a un precio de equilibrio. Para nada. Hay por todos lados quienes fijan su tasa de ganancia primero y los precios a los que venden después, apoyados en todo el poder económico necesario para ello. Sin embargo, quienes entienden que eso sucede y que esa es una causa central de la inflación, proponen controlar los precios discutiendo acuerdos con esos poderes concentrados. Más de lo mismo. En realidad peor: esta mirada, aunque en el discurso actúe en nombre de los intereses populares, en la práctica consolida la concentración, asfixia cualquier alternativa de intentar una verdadera democracia económica.

A todo esto – la existencia de mercados totalmente asimétricos; la imposibilidad de pensar en términos de economía elemental; la ineficacia de los acuerdos de cúpula – debe agregarse un elemento inédito para esta generación: la inflación actual comienza por los alimentos y tiene dimensión mundial.

Ya se ha generalizado la creencia que la demanda china e hindú de granos es la causa disparadora. Otros agregamos el programa de bioetanol a partir de maíz decidido de manera intempestiva por el gobierno de Estados Unidos. Mejor démosle dimensión cuantitativa.

Según información del Banco Mundial, entre 2004 y 2007 la producción mundial de maíz aumentó 51 Millones de toneladas. Pero el programa de bioetanol americano demandó lo mismo: 50 Millones de toneladas. Y el consumo global para alimento humano o animal aumentó 33 Millones de toneladas, que salieron íntegramente de los stocks mundiales, generando una fuerte presión inflacionaria, que se trasladó en cascada al resto de los granos.

Dicho de otro modo: Si el loco programa de George Bush no hubiera existido, fortalecido con la mirada complaciente de varios líderes mundiales que ahora vuelven sobre sus pasos, el stock mundial de maíz sería hoy 18 Millones de toneladas mayor que en 2004, a pesar de la afluencia china e hindú. El escenario sería otro.

En cualquier caso, aquí estamos: inflación en los precios de los alimentos. En un país de primer nivel mundial en producción de alimentos exportables, en que por lo tanto todo bocado nuestro podría ser vendido caro afuera. Es casi obvio que esto aumenta la complejidad del problema.

En todo caso, también aumenta la velocidad con que se disemina la preocupación, porque la seguridad alimentaria está en la base de cualquier perspectiva de mínima serenidad social. Hay que empezar por aquí.

¿Acaso para ello hay un tercer camino, mas allá de los dos clásicos?

Creo que sí. Además de toda la discusión sobre una política de retenciones a la exportación que reduzca el efecto de los precios externos sobre los precios internos, se debe asumir desconcentrar la economía como un hecho imprescindible. Eso significa acotar el margen de maniobra de los más poderosos, a la vez que promover con fuerza la aparición y fortalecimiento de actores más pequeños.

Conocer en profundidad las cadenas de valor y buscar con tenacidad la forma de que desaparezcan o se achiquen los eslabones que no agregan valor, es antiinflacionario casi por obvia definición. Si el pequeño ganadero puede evitar caer en manos del consignatario y luego del matarife, gana más por su novillo y el carnicero compra más barata la carne. Así de simple. Si se vincula al que produce con el que consume a través del mínimo número de eslabones necesarios, ganan los dos extremos: el que produce y el que consume. Hay que poner tecnología al servicio de los pequeños, que está disponible. Se puede hacer con las frutas y hortalizas; con los lácteos; con los pollos; con los panificados. Cada subsector tiene su particularidad, pero toda solución confluye a un mismo concepto: facilitar el contacto directo entre el productor y el consumidor. Siendo esta la llave, tal vez sea el momento de la movilización de acciones del estado a escala municipal en todo el país, en tal sentido. Los mercados comunales; la transferencia de tecnología y equipos para instalar pequeñas plantas lácteas o pequeños peladeros de pollos con aptitud sanitaria; la compra conjunta de toda la harina a procesar en el pueblo, son acciones al alcance técnico y humano que hasta nos da cierto pudor describir, por evidentes y elementales.

El hecho que no se recorran estos caminos no es fruto de un déficit intelectual, sino de un déficit político, de una superficial interpretación de la democracia económica con justicia social. ¿Obliga a bajar de los análisis macro a caminar la calle y conocer los mecanismos de detalle por los que se producen y distribuyen los bienes? Sí.

¿Es largo y difícil estabilizar esta cultura? Sí. Pero si no lo hacemos, seguiremos golpeando la cabeza contra la pared. Para peor, la cabeza ajena, la de los pobres.

¿Naufraga el modelo económico?

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Enrique Martínez y Javier González Fraga debaten sobre el campo.

Ambos economistas coincidieron en la aplicación de retenciones. Igual, González Fraga planteó directamente que el Plan K “hace agua por todos lados”. El titular del INTI defendió la estrategia e insinuó una crítica a la política sobre el sector.

Diario Crítica de la Argentina - 06/04/2008

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Tratando de Entender - La cuestión agraria en la Argentina de hoy

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Este documento está preparado con la vocación de entender y ayudar a entender el agudo conflicto agrario que se está desarrollando en el país, ante la acumulación de confusiones que ponen lo secundario delante de lo principal, en un tema crucial para todos los argentinos. Empecemos por el principio.

La rentabilidad del productor de granos

Tomando los datos de las fuentes citadas al final del documento para el período 2007/2008, se llega a los siguientes valores por hectárea, para maíz, con los precios y niveles de retenciones actuales.

Caso 1: Maíz en campo propio (dólares/ hectárea)

Rendimiento   7 ton/ha      9 ton/ha
Ingreso de exportación 1494.4  1921.3
Menos (costos de producción y comercialización)
Comisión de exportador 10.0   13.0
Gastos en puerto    44.8  57.6
Gastos de flete y otros de la chacra a puerto (200 km.) 206.5  266.4
Labores 46.0   46.0
Semilla 89.0  89.0
Herbicidas 39.0 39.0
Insecticidas 5.0 5.0
Fertilizantes  114.0  114.0
Cosecha   68.0  88.0
Menos (costo de retenciones)
Retenciones 352.8 453.6
Saldo por hectárea (Margen de beneficio) 519.1  750.6

Debe tenerse en cuenta que los gastos de comercialización disminuyen si se vende el maíz para alimentos balanceados u otro uso del mercado interno y aumentan, por supuesto, si se vende para exportación, en lugares más alejados de los puertos.

Vale la pena hacer un cálculo primario del retorno del capital circulante invertido, admitiendo que todas las labores se hacen a través de contratistas. Tomando el supuesto más desfavorable – además irreal – de un desembolso concreto de todos los gastos por parte del productor, al inicio de la siembra, mas allá que los gastos de la cosecha y envío a puerto son casi simultáneos con el ingreso por venta, el beneficio bruto esperado resulta del 91% y del 125% del capital circulante invertido, en 8 meses.

En este marco se puede concluir en forma directa que las retenciones son un impuesto a la renta extraordinaria; que esta renta existe y que el instrumento elegido forma parte del menú de políticas que cualquier país del mundo utiliza, como hace Noruega con la renta del petróleo, por mencionar uno solo de varios ejemplos posibles. Puede a continuación discutirse cómo se asignan los recursos del impuesto, pero eso es claramente un tema independiente.

La rentabilidad de un fondo de inversión

Caso 2: Maíz en campo arrendado (dólares/ hectárea).

Aquí se supone que quien arrienda es un gran fondo de inversión con capacidad para obtener descuentos del 10% en las labores, la semilla y la cosecha y del 15% en los agroquímicos.

Se estima que el costo del arrendamiento, solo para maíz, es de 350 dólares por hectárea.

Con estos datos la rentabilidad esperada, calculada de la misma manera que antes, en 8 meses, resulta del 32% para un rendimiento de 7 toneladas por hectárea y del 65% para 9 toneladas por hectárea.

Cabe consignar que en esta variante, el dueño de la tierra tiene un ingreso de 350 dólares por hectárea. Este valor es menor que el que obtendría si asumiera el riesgo de siembra, cultivo y cosecha, pero lo independiza totalmente de realizar labor alguna y lo libera de toda situación azarosa. Se trata de renta pura. Si bien los campos tienen alta variación regional de precios, si tomáramos el valor de referencia como 5000 dólares la hectárea, el ingreso obtenido sería del 7% sobre el capital fijo, tasa superior a cualquier colocación financiera, a la cual se debe agregar la valorización anual del campo y el posible uso de la tierra para pastoreo los cuatro meses que queda libre.

La alternativa trigo-soja

Para no agobiar con números al lector, se debe señalar que se han verificado las rentabilidades de la siembra de soja de primera o de la rotación trigo-soja, con los actuales precios y niveles de retención, tanto para productores como para fondos de inversión.

Los valores de ingreso neto esperados por hectárea, para un productor, están entre 600 y 800 dólares por hectárea. Nunca menos del 100% anual del capital circulante invertido.

Para un fondo de inversión, el beneficio sería entre 150 y 350 dólares por hectárea. Esto, medido en relación a los fondos erogados, significa entre 15% de ganancia en 6 meses y 70% en un año, según las situaciones.

El núcleo del problema

Comienzo por admitir que no estamos hablando de situaciones con absoluta certeza de resultado. La naturaleza no es enteramente previsible. Sin embargo, todos los datos presentados surgen de rendimientos promedios y en ningún caso de extremos favorables. Salvado este punto, caben varias reflexiones.

Ante todo: la rentabilidad del negocio de los granos hoy – con las actuales retenciones - es superior a la de cualquier alternativa industrial o financiera o también del propio campo, si se compara con ganadería u otras variantes.

A pesar de lo anterior, los actores del sistema confrontan su renta presunta con la que hubieran obtenido si no se hubieran aumentado las retenciones de la soja y el girasol, incluso con la que obtendrían si no hubiera retención alguna y se sienten despojados. En algunos casos, la sensación es inevitable, cuando la medida se tomó estando la cosecha en pleno desarrollo.

A diferencia de la producción industrial, la producción agropecuaria se funda en un factor de producción como la tierra, no ampliable, cuya propiedad otorga derechos de renta per se. Esto ha sido así siempre y en todo lugar. La tradición del campo argentino, en particular, es justamente que la existencia de grandes extensiones en manos de poca gente convirtió en arrendatarios a quienes, disponiendo de pequeñas superficies o de ninguna, se equiparon para trabajar campos de terceros asumiendo parte del riesgo agrícola. El trabajo de la tierra, con un porcentaje de la cosecha destinado a recompensar a los dueños de los predios, es tan antiguo casi como nuestra historia económica.

Hay una convergencia de dos factores, sin embargo, que han cambiado totalmente el perfil productivo agropecuario, en los últimos 20 años. Por un lado, la muy rápida difusión de la siembra directa, con aplicación de herbicidas y fertilizantes, que minimizan las labores necesarias y permiten trabajar grandes superficies en mucho menor tiempo que hace dos décadas. Por el otro, la aparición de capitales financieros enteramente ajenos al campo, pero que basados en la mayor predictibilidad de los actuales sistemas de siembra y cosecha y en la asociación práctica con empresas de labranza, comparan la renta posible con las ganancias del plazo fijo o aún de situaciones mucho más volátiles como la bolsa de valores u otros esquemas de especulación financiera, y la concretan.

La irrupción acelerada de estos capitales pudo ser posible asumiendo mayores riesgos que los arrendatarios tradicionales. En lugar de pagar un porcentaje, debieron pagar – y pagan – sumas fijas por hectárea, eliminando todo riesgo en cabeza de los dueños de la tierra.

La muy alta rentabilidad reitero, comparada con el mundo financiero, atrajo inversores como moscas a la miel. Aumentó la renta de la tierra y luego el valor de la tierra, de manera nunca vista antes en nuestra historia.

Finalmente puso a los propietarios ante los siguientes dilemas:

  1. Propietario chico de 50 hectáreas. ¿Me quedo con 25.000 dólares por año de renta fija, arrendando para trigo-soja, o aspiro a unos 40.000 dólares por año trabajando la tierra? La primera variante habilita al pequeño chacarero a intentar una empresa urbana, comercial o inmobiliaria, con menos esfuerzo y riesgo. La segunda variante produce mayor retorno, pero obliga a correr detrás de contratistas o cosechadores cada vez más seducidos para trabajar al servicio de los grandes grupos. Muchos han optado por el primer camino.
  2. Propietario grande de 1000 hectáreas. ¿Recibo 500.000 dólares al año de renta fija o aspiro a 800.000 asumiendo los riesgos? Son muchos – muchísimos – los que disfrutan de la primera opción. Tengamos presente que estos propietarios son los que siempre han dado en arriendo una parte de su tierra. Solo que ahora las tasas son astronómicas.
  3. En ambos casos – grandes o chicos – se abrió el camino de una suerte de cadena de la felicidad, ya que al percibir arriendos en dinero, éste puede ser luego invertido en los propios fondos de inversión, aumentando aún más la rentabilidad, sin involucrarse directamente en labor agraria alguna.

Las consecuencias sociales de la dominancia productiva de los fondos de inversión han sido expuestas en numerosos foros y no son exageradas en absoluto. La despoblación rural y el empobrecimiento de los sectores de servicios de los pueblos del interior son consecuencias directas del nuevo modelo. El bajo interés por las rotaciones; el riesgo de contaminación hídrica por exceso de nitratos o fosfatos; el riesgo asociado a la diseminación sin ton ni son de envases de herbicidas, no puede ni debe ser subestimado.

El esquema de retenciones, como se ha visto más arriba, no elimina el negocio de los fondos. Lo más probable, en realidad, que el aumento de retenciones provoque la disminución del costo de los arrendamientos a futuro, pero mantenga el negocio de estos grupos.

En lo antedicho está el auténtico núcleo del problema agrario de hoy. Siempre hubo propietarios chicos y grandes; quienes explotaron sus campos y quienes no. Pero el actual modelo de producción rompió la relación entre el capitalista agrario y la tierra. La instalación del capital financiero como el dinamizador de la producción agropecuaria provoca infinidad de distorsiones negativas, que cualquier programa sectorial debe intentar corregir.

Una conclusión preliminar

El conjunto de la sociedad no está siendo bien informada sobre este conflicto. No se trata de dirimir – en todo caso no es el punto central – una puja distributiva entre los chacareros y el Estado.

Deberíamos aprovechar la controversia y el conflicto para acordar un modelo productivo que sirva a los productores, también a sus regiones y al país en su conjunto.,

La línea central de la política debiera ser la desconcentración, que no es otra cosa que favorecer a los que tienen las raíces en la geografía argentina. Estimular a los pequeños productores es democratizar el tejido productivo. Es parte de una redistribución de ingresos sustentable.

No es este el lugar ni la pretensión de formular aquí un programa sectorial completo. Solo se enumerarán facetas a tener en cuenta para ser coherentes con un propósito democratizador y de mayor justicia.

- Toda medida de estímulo a cualquier sector o subsector del campo debería tener como condición que los trabajadores rurales se desempeñen en el marco de las leyes laborales y de seguridad e higiene más elementales. No es admisible, bajo ninguna explicación, que el trabajo en negro entre los trabajadores del campo sea por lejos el mayor de todos los sectores.

- Existe un proyecto de ley de arrendamientos, presentado por dos diputados (Ilarregui y Cantero) en 2006, que busca acotar el trabajo de los fondos de siembra, dándole estabilidad mínima de 5 años a los compromisos de arriendo. A el deberían agregarse compromisos de rotación entre cultivos y parece una buena medida regulatoria.

- Se debería subsidiar parte de los fletes mayores de 200 kilómetros hasta el puerto, hasta un tonelaje máximo por productor.

- Se debería computar parte de las retenciones como adelanto de impuesto a las ganancias, para productores directos con menos de cierta superficie límite.

- Se podría importar en forma directa herbicidas y fertilizantes, para su distribución a través de cooperativas agropecuarias.

- Los pequeños ganaderos deberían tener acceso garantizado a entregar animales para faena directamente a los frigoríficos y luego negociar sus reses a través de certificados transferibles.

- Los pequeños productores lácteos o de pollos o de cerdos deberían contar con un apoyo concreto de envergadura para poder procesar su producción hasta llegar a industrializarla y entregarla directamente al comercio minorista. Esto es factible en todo el país, especialmente en las regiones más pobres y hay numerosas experiencias que lo validan.

Tal vez estos ejemplos sean suficientes para mostrar que:

- La política de retenciones móviles es casi obvia y debería ser mantenida.

- Superpuesto con ella, resulta imprescindible un gran esfuerzo para corregir la distorsión y concentración de la estructura productiva, recuperando un rol activo para los productores asentados en cada territorio.

Fuentes:

Bolsa de Comercio de Rosario

Unidad de investigación y Desarrollo de AACREA

Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos

Proyecto PRECOP del INTA.

Boletín Márgenes Agropecuarios.

*Ing. Enrique M. Martínez

 Presidente del INTI